A mi despelurciadísima y grande (¡MUY GRANDE!) tocaya no la dejan casarse sus codiciosos hijos.
Y yo no puedo menos que pronunciarme con firmeza e indignación genuinas contra tamaña tropelía.
Porque una hija fea y enana que se entretiene con ositos, resucita los tópicos más trasnochadamente rancios de la Andalucía profunda casándose de mantilla y peineta con un torerito palurdo (otro que nunca le llegará a las tapas del tacón a su madre... we miss you, Carmina!!) y luego sale con un niñato criptogay... NO ESTÁ PARA DECIRLE A SU MADRE CON QUIÉN PUEDE CASARSE.
Porque un caraculo que no se merece su ilustre nombre, se dedica a jugar a los caballitos y ha tenido el pésimo gusto de liarse con Mar Flores (y el más pésimo aún de renegar de ello, el muy grijander) HA PERDIDO TODO DERECHO A PRONUNCIARSE SOBRE LOS AMORÍOS DE NADIE (y a pronunciarse en general, que habla como si tuviera una polla en la boca, pordior).
Porque como todos ustedes saben, siempre, pero hoy más que nunca, CREO EN EL AMOR.
Porque, aunque sea un anacronismo parasitario, alguien que baila flamenco de esa forma tan enternecedoramente reumática, canta sevillanas tartajas, se peina como una payasa y quiere casarse a los 82 años, MERECE MI MÁS ABSOLUTA Y CAYETÁNICA DEVOCIÓN.
Porque, además de tener más títulos que nadie, no me dirán que esta recauchutada señora no es indiscutiblemente GALVANOPLÁSTICA.
Porque yo también estoy enamorada como una colegiala de un hombre maravilloso que me trata como una duquesa y me hace sentir más querida que nadie.
Porque no hay otra forma de enamorarse.
Porque este blog se merecía otra despedida.
PORQUE TODOS SOMOS CAYE.
